José Hierro ( Poeta )

 


José Hierro del Real (Madrid, 3 de abril de 1922 - Madrid, 21 de diciembre de 2002), conocido como, fue un poeta español. Pertenece a la primera generación de la posguerra dentro de la llamada poesía desarraigada.

En sus primeros libros, Hierro se mantuvo al margen de las tendencias dominantes y decidió continuar la obra de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas, Gerardo Diego e, incluso, Rubén Darío. Posteriormente, cuando la poesía social estaba en boga en España, hizo poesía con numerosos elementos experimentales (collage lingüístico, monólogo dramático o culturalismo).




Evocación


Hoy sé que los quebrados son olivos

cercados en el área de la escuela.

Hoy sé que llevan remo y blanca vela

los amados balandros adjetivos.



Hoy sé que aquellos tiempos están vivos,

que cada asignatura es centinela

que vigila un recuerdo y lo revela

con gesto y con presencia redivivos.



Me encontré solitario, inerte, ciego,

sin risueño pasado, sin el juego

alegre entre los vientos del verano,



y yo busqué en los álamos mi vida

y al no encontrarla la creí perdida,

y estaba aquí, al alcance de la mano.



(De Prehistoria literaria, 1939)




Luz de tarde


Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,

tornar a este instante.

Me da pena soñarme rompiendo mis alas

contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.



Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres

la apariencia tranquila del aire,

esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,

el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,

ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,

cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...



Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas,

guardar estas cosas. Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,

poblando otra tarde como esta de ramas que guarde en mi alma,

aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.



Armonía


Quise tocar el gozo primitivo,

batir mis alas, trasponer la linde

y volver, al origen, desde el fin de

mi juventud, para sentirme vivo.



Quise reverdecer el viejo olivo

de la paz, pero el alma se me rinde.

¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde,

sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?



Y ¿quién se adueñará de la armonía

universal, si rompe, nota a nota,

grano a grano, el racimo, los acordes?



¿Quién se olvida que es cuna y tumba, día

y noche, honda raíz y flor que brota,

luz, sombra, vida y muerte hasta los bordes?



(De Quinta del 42, 1952)




Las nubes


Inútilmente interrogas.

Tus ojos miran al cielo.

Buscas, mirando a las nubes,

huellas que se llevó el viento.



Buscas las manos calientes,

los rostros de los que fueron,

el círculo donde yerran

tocando sus instrumentos.



Nubes que eran ritmo, canto

sin final y sin comienzo,

campanas de espumas pálidas

volteando su secreto,



palmas de mármol, criaturas

girando al compás del tiempo,

imitándole a la vida

su perpetuo movimiento.



Inútilmente interrogas

desde tus párpados ciegos.

¿Qué haces mirando a las nubes,

José Hierro?


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